
En Roma los líderes derrotados eran a menudo transportados en carretas durante la exhibición triunfal del general victorioso. Los carros para la carrera tenían forma de concha puesta sobre dos ruedas, más alta por delante que por detrás, con una lanza muy corta, a la cual se uncían cuatro caballos de frente. Los carros de triunfo tenían una forma redondeada; el vencedor iba en él en pie y dirigía por sí mismo los caballos.
Servían también los carros para otras ceremonias: se llevaban en ellos las imágenes de los dioses en el día de preces públicas; se ponían también en los mismos las estatuas de aquellos cuya apoteosis se hacía, e iban en ellos las familias ilustres que asistían a la fiesta.
En Inglaterra, hasta su sustitución por los azotes, en virtud del mandato de la Reina Isabel I, se utilizaban las carretas para transportar al condenado a la picota.



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